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	<title>Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina CTA-T</title>
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	<description>CTA-T, central sindical que agrupa a sindicatos y movimientos sociales en defensa de los derechos laborales y populares en Argentina.</description>
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		<title>Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina CTA-T</title>
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		<title>Bautismo de fuego </title>
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		<dc:creator>Carlos Girotti (*), P&#225;gina 12 OK</dc:creator>


		<dc:subject>Carlos Girotti</dc:subject>
		<dc:subject>Nono Frondizi</dc:subject>
		<dc:subject>Noticia 3 Bloque Grande Portada</dc:subject>

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&lt;p&gt;Ella me dijo que hab&#237;amos vivido muchas vidas. Lo dijo as&#237;: muchas vidas y me abraz&#243; y me bes&#243;. En ese instante comprend&#237; que hablaba de cu&#225;n diferentes hab&#237;amos sido a lo largo del amor. &lt;br class='autobr' /&gt; Muchas y diversas primeras personas, del singular y del plural, enancadas en una pasi&#243;n que jam&#225;s hab&#237;a dejado de galopar. &lt;br class='autobr' /&gt;
Una sucesi&#243;n de vidas, durante toda la vida, tambi&#233;n es o puede ser una oportunidad cuando, desde la vida que est&#225;s viviendo, en &#233;ste u otro d&#237;a, tu vida anterior se te aparece (&#8230;)&lt;/p&gt;


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&lt;a href="https://cta.org.ar/+-noticia-3-bloque-grande-portada-+.html" rel="tag"&gt;Noticia 3 Bloque Grande Portada&lt;/a&gt;

		</description>


 <content:encoded>&lt;div class='rss_chapo'&gt;&lt;p&gt;Ella me dijo que hab&#237;amos vivido muchas vidas. Lo dijo as&#237;: muchas vidas y me abraz&#243; y me bes&#243;. En ese instante comprend&#237; que hablaba de cu&#225;n diferentes hab&#237;amos sido a lo largo del amor.&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;p&gt;Muchas y diversas primeras personas, del singular y del plural, enancadas en una pasi&#243;n que jam&#225;s hab&#237;a dejado de galopar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una sucesi&#243;n de vidas, durante toda la vida, tambi&#233;n es o puede ser una oportunidad cuando, desde la vida que est&#225;s viviendo, en &#233;ste u otro d&#237;a, tu vida anterior se te aparece como necesidad de ponerla en presente. Volver a presentarla. Representarla. &#191;Personajes?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me reflejo en ese ni&#241;o, por ejemplo, que a hurtadillas escapa del cuarto donde yace enferma su madre, del &#250;nico cuarto que comparte con ella, con su hermana y con su padre en el conventillo que lo viera nacer. Tiene, en este d&#237;a, poco m&#225;s de cinco a&#241;os. Llueve, o cree que llueve porque as&#237; lo recordar&#225; muchos a&#241;os despu&#233;s. Sale a uno de los dos patios del conventillo y mira hacia el cielo. Luego, con sigilo, se dirige hacia el zagu&#225;n. Todav&#237;a no ha llegado a trasponer la puerta cancel cuando un ruido atronador, que estalla sobre su cabeza y luego se aleja con toda rapidez, lo paraliza al inicio del pasillo. Alcanza a ver a su padre que est&#225; en la vereda y que no repara en &#233;l porque est&#225; mirando hacia el cielo, hacia el lugar o en la direcci&#243;n en que &#233;l sinti&#243; que el ruido se alejaba. El ni&#241;o no tiene idea de la fecha en que vive. Pero es el 16 de junio de 1955 y los aviones Gloster Meteor que pasan a baja altura, con el estr&#233;pito caracter&#237;stico que hacen los cazas a reacci&#243;n, vuelan hacia la Plaza de Mayo. Nunca sabr&#225; si esos aviones son los que bombardear&#225;n la zona de la Casa Rosada, o si son los que vuelan para atacar a los aviones golpistas, o si no son los Gloster y son los cazas de la aviaci&#243;n naval de Punta Indio. El ni&#241;o rememorar&#225;, una y otra vez, aquel ruido de los aviones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sin embargo, el ni&#241;o nada sabe del objetivo militar de los aviones en ese d&#237;a. Es m&#225;s: nunca pudo registrar en su memoria lo que fue el otro sonido, el de las explosiones de las bombas lanzadas contra la gente indefensa que transitaba, a esa hora, por la Plaza de Mayo y sus inmediaciones. Y eso que del conventillo hasta la Plaza no hay m&#225;s de quince cuadras en l&#237;nea recta, pero su memoria habr&#225; de ser selectiva (para no desmentir aquello de que uno siempre elige lo que quiere recordar) y s&#243;lo retiene, para los a&#241;os venideros, aquella imagen de su padre en la vereda, recortada por el vano de la puerta de entrada al conventillo, el grito de su madre intim&#225;ndole a volver al cuarto y, por fin, el gesto adusto de su padre que, cuando lo descubre paradito en el zagu&#225;n, flaquito, expectante, curioso y ajeno a todo y cualquier peligro, lo manda para adentro con un gesto en&#233;rgico de su brazo, justo cuando vuelven a sobrevolar los techos de Monserrat y San Telmo dos aviones m&#225;s que, esta vez, tampoco puede ver. A modo de respuesta a su padre, &#233;l ensaya una morisqueta, tal vez un puchero, algo que hace que su padre no insista con la orden silenciosa pero inequ&#237;voca de que se mande a mudar para adentro y entonces, patitas flacas, rodillitas peladas, avanza lentamente hacia la puerta de calle. Primero asoma la nariz sin dejar de mirarlo a su padre. Como ve que &#233;ste no lo reprende se anima y pone un pie en la vereda. Esta vez s&#243;lo atina a dar una r&#225;pida ojeada hacia las v&#237;as del tranv&#237;a que, a esa altura de la calle que va hacia la Plaza Constituci&#243;n, pasa casi pegado al cord&#243;n del lado de su casa y es el motivo por el cual nunca lo dejan salir solo a andar con su triciclo a la vereda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Entonces retiene otra imagen. Por la esquina que cruza su calle con Independencia, cuando &#233;sta todav&#237;a era angosta, pasan dos camiones jaula, de esos que llevan vacas al matadero, repletos de soldados. Van en la misma direcci&#243;n que los aviones y, con los a&#241;os, sabr&#225; que se dirig&#237;an a Plaza de Mayo. &#191;Leales al Gral. Per&#243;n? &#191;Golpistas gorilas? Incontables veces ha de hacerse estas preguntas que, desde luego, permanecer&#225;n sin respuestas. Busca, escudri&#241;a, bucea en su memoria y nunca aparece el retumbar de las bombas ni el tableteo de las ametralladoras pesadas. Como queriendo escuchar aquel estr&#233;pito tan familiar y tan esquivo al recuerdo, de grande recorrer&#225; con la mirada las marcas ominosas de los disparos y las esquirlas sobre los m&#225;rmoles de los edificios de la Recova del Bajo. S&#243;lo muchos a&#241;os despu&#233;s ver&#225; las fotos en blanco y negro. Los cad&#225;veres a&#250;n sin cubrir, retorcidos por efecto de la onda expansiva de las bombas, mutilados por la metralla, los colectivos, autos y tranv&#237;as despanzurrados, los pedazos de mamposter&#237;a y guijarros y cascotes de todos los tama&#241;os regados por el piso. A las perdidas sabr&#225; que all&#237; fueron masacradas m&#225;s de trescientas personas, mujeres, hombres y ni&#241;os asesinados por los golpistas. Pero ahora su padre le pone una mano en la nuca, con cuidado, con cari&#241;o, lo lleva hacia adentro y la memoria de aquel d&#237;a lo conducir&#225;, de modo inexorable, a otras memorias.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Como la del d&#237;a cuando muri&#243;&lt;strong&gt; Marcelo Frondizi&lt;/strong&gt;, &lt;strong&gt;el Nono&lt;/strong&gt;, que llov&#237;a sobre la ciudad y el cementerio de Chacarita se me antoj&#243; igual de plomizo que aquel otro d&#237;a de 1955. Algo funcion&#243; entre las vidas vividas durante ese lapso, entre esos dos d&#237;as de mierda, para que yo evocara el bombardeo de 1955 durante la despedida p&#243;stuma al Nono. &#191;Cu&#225;nto hab&#237;a pasado desde la primera memoria, aquella en la que retengo que ambos, el Nono y yo, caminamos por Per&#250; en direcci&#243;n a la Avenida de Mayo y hablamos del exilio? Esa es mi primera imagen junto a &#233;l. Tal vez hab&#237;amos salido de la oficina del PAMI, la que queda en Per&#250; y la Diagonal Sur, o quiz&#225;s del INDEC, que queda a la vuelta, sobre la Diagonal pero mirando a la oprobiosa estatua del genocida Roca. No s&#233;, seguro que sal&#237;amos de una asamblea, de esas que se multiplicaban por esos d&#237;as de 1985, poco despu&#233;s de que la Lista Verde, encabezada por &lt;strong&gt;V&#237;ctor De Gennaro&lt;/strong&gt; y &lt;strong&gt;Germ&#225;n Abdala&lt;/strong&gt;, arrasara en las elecciones de la&lt;strong&gt; Asociaci&#243;n Trabajadores del Estado&lt;/strong&gt;. Claro, yo le pregunto si &#233;l tiene algo que ver con los Frondizi. La pregunta es de caj&#243;n: no todo el mundo se apellida igual que un expresidente, un exrector de la Universidad de Buenos Aires, un intelectual asesinado por la Triple A. S&#237;, soy sobrino de Arturo, de Risieri, de Silvio -dice- pero soy hermano de Diego, soy el mellizo de Diego, el de las Fuerzas Armadas Peronistas -no dice las FAP, dice Fuerzas Armadas Peronistas y cada palabra la ta&#241;e como a un bronce- el que cay&#243; en el combate de Rinc&#243;n de Milberg con Manol&#237;n Belloni. En ese momento, cuando &#233;l pronuncia &#8220;pero&#8221; siento que el sonido retumba. Con los a&#241;os, yo descubrir&#237;a que Diego no s&#243;lo hab&#237;a sido su hermano mellizo sino, tal vez, la poderosa fuerza interior que lo compel&#237;a a plantarse siempre, absolutamente siempre, en el puesto m&#225;s avanzado de la lucha de calles que todos y todas protagonizar&#237;amos contra el neoliberalismo. Tambi&#233;n llegar&#237;a a comprender, a partir de aquel descubrimiento, que esa vocaci&#243;n del Nono por poner el cuerpo por delante de las ideas habr&#237;a de ser la cifra oculta, la contrase&#241;a que &#233;l se hab&#237;a guardado para que las pibas y pibes, los m&#225;s j&#243;venes, vieran en &#233;l un modelo a seguir pero absolutamente alejado de la estatuaria y de los mausoleos de la revoluci&#243;n.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo miro de soslayo mientras seguimos caminando y &#233;l, que se da cuenta de mi azoro, se sonr&#237;e. El Nono se sonr&#237;e como dici&#233;ndome no te azores y, casi llegando a la Avenida de Mayo, nos metemos en un bar de oficinistas. Entre cerveza y cerveza nos contamos la vida. Algo, que todav&#237;a hoy no puedo describir ni calificar ni nada, nos lleva por el camino del reencuentro, como si alguna vez, antes de aquel d&#237;a, hubi&#233;ramos intimado, o militado en la misma organizaci&#243;n y, llegado ese d&#237;a, caminando por la calle Per&#250;, nos reencontr&#225;ramos para seguir como si tal cosa. Entonces me cuenta de los t&#237;teres que fabricaba artesanalmente para vender en El Rastro, de Madrid, o en Las Ramblas, de Barcelona, o en el Ponte Vecchio, de Firenze y yo le digo que no me lo imagino artesano. Y quien ahora mira de soslayo es &#233;l, no sin preguntarme de qu&#233; iba yo en el exilio. Le cuento con detalle y &#233;l no para de re&#237;rse. El destierro, dice, nos hizo creativos. Me llama la atenci&#243;n que diga destierro. De hecho es la primera vez, o al menos creo eso hasta hoy, que escucho a un antiguo exiliado hablar de destierro en lugar de exilio. Suena m&#225;s fuerte porque tiene otra densidad, pienso, sobre todo porque el destierro no implica solo el hecho de que te ves obligado a abandonar tu lugar, tu tierra; el destierro, antes que la idea de exilio, comporta la conciencia hecha palabra de que te quieren sacar de adentro tuyo ese lugar que te define y que, por no poder llamarlo amasijo de sangre y de recuerdos y de infancia y de lengua propia, llamamos patria. En el destierro, le digo al Nono, todo se trata de impedir que te saquen la patria de adentro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Creo que fue en ese momento de la charla que, por en&#233;sima vez, brindamos. Uno tras otro decimos los nombres del destierro, quiz&#225;s como un conjuro m&#225;gico para aventarles los ribetes de tragedia griega que el extra&#241;amiento te impone en la cotidianeidad de la lejan&#237;a obligada. Hasta que en medio de los recuerdos, no s&#233; bien a t&#237;tulo de qu&#233;, uno de los dos dice &lt;strong&gt;Carta Abierta&lt;/strong&gt;. Me parece que &#233;l, s&#237;, sin dudas es &#233;l quien nombra a la hist&#243;rica agrupaci&#243;n estudiantil de Filosof&#237;a y Letras de la UBA, la de los finales de los a&#241;os 60 y principio de los 70, porque se acuerda de Emilio, al que todos, en aquellos a&#241;os del no menos hist&#243;rico Cuerpo de Delegados de la facultad, llam&#225;bamos El Pr&#237;ncipe y quien, junto a otras compa&#241;eras y compa&#241;eros de la agrupaci&#243;n, se unir&#237;a, por fuera de la militancia estudiantil, a &lt;strong&gt;Eduardo Jozami &lt;/strong&gt; y &lt;strong&gt;Lila Pastoriza&lt;/strong&gt; en los Comandos Populares de Liberaci&#243;n donde, dice el Nono, tambi&#233;n recal&#233; yo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otro brindis. El Nono lo recuerda a Emilio porque cuenta que m&#225;s de una vez, caminando por las calles de Palomeras Bajas o Entrev&#237;as, esos arrabales duros del Vallecas madrile&#241;o, crey&#243; verlo al Pr&#237;ncipe con su andar ligero, casi et&#233;reo, cuando ya llevaba un tiempo como desaparecido. Espejismos, le digo y me mira. Hay un chisporroteo en esa mirada, un aviso de que el recuerdo de Emilio navega en la cubierta de otra remembranza, la de Diego en Rinc&#243;n de Milberg, aquel 8 de marzo de 1971, cuando trata de recogerlo a Manuel Belloni, tendido en el piso porque lo hieren en una pierna y &#233;l, Diego, dispara su pistola hasta que lo bajan. Los canas lo abaten a Diego y luego rematan a Manol&#237;n, dice el Nono y ahora sus ojos se detienen en un punto indefinido del no tiempo y la deshora. Entonces le cuento que unos d&#237;as despu&#233;s, en una asamblea en Filo le&#237;mos, a modo de homenaje a los dos compa&#241;eros, el comunicado de las FAP en el que se relataba el combate. Tendr&#237;amos que habernos conocido ah&#237;, dice el Nono, porque merodeaba los bares de Urquiza e Independencia para las citas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En eso soy yo quien mira a cualquier parte, como para borrarme de la cabeza que, poco tiempo despu&#233;s de aquella asamblea, terminar&#237;a en la c&#225;rcel de Villa Devoto, teniendo como abogados defensores a Rodolfo Ortega Pe&#241;a y Eduardo Luis Duhalde quienes, para la &#233;poca, ya eran dos de los m&#225;s conocidos defensores de los presos pol&#237;ticos de la dictadura. Ah&#237; es el turno del Nono, de percatarse de que mi memoria se interna en una bruma de recuerdos y me pregunta en qu&#233; pienso. Le digo. La menci&#243;n al &lt;strong&gt;Pelado Ortega Pe&#241;a&lt;/strong&gt; lo pone a &#233;l en el recuerdo de&lt;strong&gt; Silvio Frondizi&lt;/strong&gt;, asesinado por la Triple A al igual que Rodolfo pero, como si quisiera sacudirse de encima la pesadumbre de aquel dolor, el Nono dice Duhalde y se sonr&#237;e. De qu&#233;, le pregunto. De mis andanzas en Madrid con Eduardo, Carlos Mar&#237;a y Marcelo, los tres hermanos Duhalde. Los Dalton, le digo yo; los llam&#225;bamos Los Dalton porque andaban los tres juntos, m&#225;s Rodolfo Mattarollo, recorriendo Europa con la CADHU, la Comisi&#243;n Argentina de Derechos Humanos, denunciando el genocidio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Volvemos a re&#237;rnos y, de nuevo, a las peque&#241;as an&#233;cdotas, aqu&#233;llas que una y otra vez nos ayudar&#237;an a no abandonar el sue&#241;o de la revoluci&#243;n ni siquiera en el destierro. Ese d&#237;a, el del reencuentro de los que nunca se hab&#237;an encontrado, ambos supimos que ya nada nos separar&#237;a y que ser&#237;a para siempre, aunque discuti&#233;ramos y discrep&#225;ramos, claro, pero aquella primera confesi&#243;n, la de que ambos luch&#225;bamos por la revoluci&#243;n, nos marcar&#237;a indeleblemente por m&#225;s de tres d&#233;cadas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Transcurrido todo ese tiempo, y hoy que el Nono ya no est&#225;, siento un orgullo inconmensurable cuando me digo que &#233;l, como expresi&#243;n de toda una generaci&#243;n nacida durante el bautismo de fuego de 1955, es el &#250;nico que logr&#243; conectar con las esperanzas y los sue&#241;os de los m&#225;s j&#243;venes. Aunque m&#225;s no fuera por eso, las pibas y los pibes lo recordar&#225;n por siempre.&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		
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